UN DIA DE APRENDIZAJE (parte una)

"Quien mucho vive, más recuerda. Meditando con mente fotográfica, evocando aquellas estampas eternas, crecieron conmigo, se alojaron en un rinconcito de mi alma. Me encanta volver a ellas, rescatando lo aprendido y reviviendo lo olvidado".  

De dos en dos. Emprendíamos el día en un mandato, cual voluntariamente por amor al prójimo compartiríamos con nuestros vecinos, en el campo y la ciudad. Partiendo de un lugar todos juntos recorríamos calles, vecindarios, barrios del pueblo. De Este a Oeste, de Sur a Norte. Caminando de casa en casa, en las mañanas antes del mediodía, tardes después del almuerzo; días entre semana o sábado más que domingo. Día caluroso y húmedo en medio de caminitos y parajes, cuales recorríamos desde temprano en la mañana. Comenzaba el sol de las 10:00 am a calentarnos hasta los pensamientos. De casa en casa observando nuestras vecinas haciendo sus oficios domésticos. Jovencitas sentadas en desvencijas sillas de guano, muebles de palito color azul pastel. Niñas, jovencitas,  mujeres adultas, desgranaban guandules, otra limpiaba el arroz, alguna que otra llegando del mercado, el ventorrillo o de la pulperia/colmado, con su macuto lleno. Cada una de ellas ayudando a quien estuviera cocinando, en ese día. 
Alguna que otra ama de casa, no abría la puerta, por las rendijas en su casita de madera se colaba su silueta, sonreíamos y nos alejábamos despacio para no importunar. Otras amas de casa ocupadas en sus quehaceres, amablemente escuchaban nuestro mensaje, mientras el aroma en la cocina, inundaba hasta la sala con su distinguible  sazón. De vez en cuando nos brindaban agua o café; aceptábamos por la hospitalidad que caracteriza, nuestra cultura. Personas amables y sonrientes. Mientras despertábamos el interés, sus preguntas florecían, respondíamos sentadas en mecedoras o sillas de madera. Casas humildes acogedoras, flores tropicales, árboles frutales, nos  cubrían el sol con su follaje, dándonos sombra en nuestras caminatas. 

Encontrarse a un hombre limpiando en ese entonces (70's y 80's) su hogar parecería extraño, comúnmente no se dejaban ver por las mujeres. Un día cualquiera, un joven amable nos abría la puerta, mientras el suape delataba sus quehaceres, no sabía dónde meter su cabeza; mientras proseguíamos con nuestra platica y encomiábamos su labor.
 
Nosotras calzábamos zapatos sin tacos, sandalias cómodas; sombrillas, paraguas para cubrirnos del incesante sol tropical, jarisna refrescante, importunos aguaceros. Pañuelos de tela bordados, planchados con delicadeza; servilletas de papel para secarnos los sudores, cuando por la pegajosa humedad de un día templado, empapaba inclusive nuestras orejas. Blusas, faldas, vestidos de tela fresca y modestos. Sonrisas iluminaban nuestro rostro, teces de todos los matices. Ellos, jóvenes y adultos, sombreros, camisas mangas cortas o largas, corbata, pañuelos, chalinas/chacabanas. Nos guiaban en grupos organizados, cubriendo todo el territorio asignado. Entre Pueblo Nuevo y Lavapiés, por nombrar un par de barrios que aun recuerdo, de cuando vivíamos en San Cristóbal.
 
El transporte de pasajeros dentro de las zonas urbanas y rurales, se basaba mayormente en pintorescos carros públicos, algunos mas antiguos cuales en la distancia, se escuchaba la trompeta melodiosa de sus bocinas. De ciudad a ciudad carros personales transportaban pasajeros, con recogida y llegada. Tambien jeeps "Willys", camionetas, furgonetas, coche o carruaje guiado por uno o dos caballos; guaguas de concho transitaban pasando por el parque central, mercado de agricultores u otras paradas desde el centro de la ciudad a campitos aledaños. Motocicletas no como hoy en día los nombrados:"motoconchos", las usaban como medio de trasladarse los agrimensores, trabajadores, maestros, campesinos regresando de sus parcelas cargando racimos de plátanos, guineos, frutas, rulos, tubérculos, víveres en sacos. Árganas de burro, montadas en el motor, transportaban la leche fresca en bidones, del ordeño de vacas, a quienes por encargo la recibían.
(Tal como realizaban la venta de leche mis abuelos paternos en San Cristóbal; por el contrario en Baní recogía la leche para mis abuelos maternos, caminando con mi bidón de aluminio a casa de Chita o a la casa de Abad).
 
Lo más emocionante para mí, era cuando íbamos al servicio del campo "en un campo", valga la redundancia. Transportados por guaguas del transporte público, quienes no cabíamos en los vehículos de familiares, los que nos transportarían, al territorio asignado. A la intemperie, el aire se respiraba fresco, agridulce; lodazal, tierra mojada por recientes aguaceros, grama recién pisada; humo, cigarros, cachimbos o de algún fogón de leña encendido con astilla de cuaba, impregnaban el panorama. Debajo de un arbol, un par de sillitas de guano a veces nos sentaban, con ese olor a campo que penetraba nuestros sentidos, olor a leña seca, tierra negra, palos recién cortados, mancha de plátanos, rancias frutas podridas, estiércol de algún animal o el fétido olor que se escapaba de la letrina.
 
Muchachitos jugando con sus carretillas, construidas con madera y caja de bolas de carro, como llantas. Coloridos trompos de madera, alguna rueda de carro o bicicleta  cual  empujaban con un palo, camioncitos con llantas de jabilla; ruedas para carritos hechas con tapas de aluminio de botellas, machacadas. Cajitas de leche vacías colgadas en ramas de arboles, cuales vacilaban con cualquier brisita. Caballitos voladores (libélula) amarradas con un hilo, la ponían a volar como chichigua, incluyéndome yo. Con bidones plásticos, latas vacías,  música improvisada por un grupo de amiguitos, tal y como recuerdo verlos, desde la ventana del automóvil del Dr. Luis E. Montas camino a Cambita Garabito; en una tarde con mi familia, en los años 70's. Mas que menos juguetes en ese entonces, eran  objetos prácticamente "reciclados" una palabra que en ese ayer no era común en nuestro vocabulario. Juguetes y juegos folclóricos, como diversion para niños y adultos. No tendría tiempo para enumerar cada uno de ellos, y mis experiencias de niña intuitiva.